«¿El tambor más raro que he hecho? Pues uno cuadrado»

«Al año suelo fabricar unos 60 grandes y otros tantos pequeño, pero lo que más hago es reparar tambores rotos, unos 500 cada año»

A tan sólo unos días de Semana Santa, los muleños no hacen más que pensar en la noche mágica del Martes Santo, donde un año más sonaran miles de tambores. Para que esta fiesta salga perfecta, el componente principal es el tambor. Jose Piñero Páez lleva 36 años creando y arreglando con sus propias manos cientos de tambores. Las manos de este artista y artesano del tambor, hacen posible año tras año, que muleños y forasteros puedan tocar el tambor, y disfrutar de una noche sin igual.

-¿Cómo y cuándo se inicia usted en este oficio?

-Yo empecé cuando tenia 13 o 14 años, recuerdo que un artesano de Moratalla, un tal Belenes, venía a Mula a reparar y a vender sus tambores, puesto que aquí no había nadie que supiera realizar ese trabajo. Yo, al verlo, empecé con él hasta que aprendí y me inicié por mi cuenta. Así llevo ya 36 años.

- Aunque trabaje de forma artesanal, habrá cambiado algo en la elaboración del tambor, ¿no?

- Por supuesto, han cambiado los materiales de elaboración. Ya prácticamente no se hacen tambores de cuerda, son de tornillos. Lo único que no cambia es la piel, de oveja o cabra. Es la misma de siempre, eso sí, el proceso de curación es más moderno, nada más.

- ¿Cuántos tambores realiza al año?

- Aproximadamente sesenta tambores grandes y otros tantos pequeños. Pero lo que más hago son reparaciones, unos 500 tambores al año.

- ¿Realiza tambores para otras ciudades?

- Este tambor es típico solamente de Mula y Moratalla, así que no se vende en ningún otro lugar. Lo que sí hacemos son bombos para Calanda y el Bajo Aragón. Quedan muy contentos con el trabajo realizado

- ¿Cuál es el tambor más raro que ha realizado?

- El más raro, pero muy raro, fue uno cuadrado que hice por encargo a un empresario muleño. Llamaba la atención, aunque también es verdad, que no sonaba igual de bien que uno redondo. Como tambor más grande, fue uno que tenia de diámetro 85 centímetros. Imagínese para tocarlo.

- ¿Su taller será en estos días un ir y venir de muleños para arreglar o compra su tambor?

- Así es. Cuando acaba el carnaval, los muleños empiezan a venir a mi taller, para poner a punto su tambor, a cambiar el que ya tienen o a comprar uno nuevo, sobre todo para los más pequeños. Hasta el mismo Martes Santo, esto es un hervidero de personas, y yo trabajando sin cesar, echando más horas que nunca.

- ¿Cuénteme, como vive usted la noche de los tambores?

- Todos los años cenamos aquí en el taller, esperando que los de última hora vengan a recoger su tambor, o arreglando los tambores de los más retrasados. Si puedo acercarme a la plaza toco un poco, pero rápido porque tengo que volver pronto al taller. No tardan en venir los primeros tamboristas que con la emoción ya han roto la piel de su tambor.

- ¿Madre mía, cuanto trabajo!

- La noche es muy larga, y no puedo defraudar a mis clientes, ni aguarles la fiesta. Así que yo me tengo que aguantar, sin tocar el tambor.

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